No resulta alocado ver la obra de Xosé Artiaga a la luz – a las brumas – de Mondoñedo. La reivindicación de su lugar de origen es un dato que antepone, de forma natural, al recuento de exposiciones; y la niebla tras la cual se esconde la ciudad al visitante es una metáfora casi literal de su actitud como pintor.

XOSÉ ARTIAGA (Mondoñedo, Lugo, 1955)
Miguel Fernández-Cid

No resulta alocado ver la obra de Xosé Artiaga a la luz – a las brumas – de Mondoñedo. La reivindicación de su lugar de origen es un dato que antepone, de forma natural, al recuento de exposiciones; y la niebla tras la cual se esconde la ciudad al visitante es una metáfora casi literal de su actitud como pintor. Si le añadimos que en los tres últimos años ha abandonado el ímpetu expresivo de sus inicios, época de exceso y tonos vivos, matizados por composiciones de tensión clásica, y se adentra en una notoria búsqueda de identidad y memoria, vía esas suaves superficies de color sobre las que -detenidos, suspendidos- recorta una torre o un tubo, la imagen tiende a cerrarse. Iguales y distintas, como los días, sus “presencias” tienen apariencia fria pero evocan un mirar selectivo, una actitud a un tiempo intensa y reflexiva. Con el cuadro convertido más que nunca en superficie de silencios y equilibrios, de un decir de voces bajas, de una evocación firme de la memoria.