La reivindicación de su lugar de origen es un dato que antepone, de forma natural, al recuento de exposiciones; y la niebla tras la cual se esconde la ciudad al visitante es una metáfora casi literal de la actitud de nuestro pintor.

XOSÉ ARTIAGA Publicación Artistas en Madrid, EXPO ’92
Miguel Fernández-Cid

Aunque las ideas de Hipólito Taine acerca de cómo el medio condiciona al artista carezcan de la aceptación que un día tuvieron, es justo reconocer que con frecuencia el entorno transmite un trasfondo anímico. Freud veía que el afán enciclopedista de Goethe tenía su antídoto causal en la energía con que, de niño, arrojaba objetos por la ventana: la madurez le hizo protegerlos. Sin ánimo de llegar tan lejos, no resulta alocado ver la obra de Xosé Artiaga a la luz —a los brumas— de Mondoñedo. La reivindicación de su lugar de origen es un dato que antepone, de forma natural, al recuento de exposiciones; y la niebla tras la cual se esconde la ciudad al visitante es una metáfora casi literal de la actitud de nuestro pintor. Si le añadimos que en los tres últimos años se ha adentrado en una notoria búsqueda de identidad y memoria, vía esas superficies de color sobre las que —detenidos, suspendidos— recorta una torre o un tubo, la imagen tiende a cerrarse. Iguales y distintas, como los días, sus «presencias» tienen apariencia fría pero evocan un mirar selectivo, una actitud a un tiempo intensa y reflexiva. Con el cuadro convertido más que nunca en superficie de silencios y equilibrios, de un decir de voces bajas, de una evocación firme de la memoria.