No hay horizonte, ni horizontalidad, ni hay espacio horizontal. Sólo un infinito «arriba» una total ausencia de referencias y coordenadas, pura irrealidad.

XOSÉ ARTIAGA: PRESENCIAS
Javier Rubio Nomblot 

Los cuadros azules de Xosé Artiaga (Mondoñedo, Galicia, 1955) son abstractos paisajes de un alma serena, donde coexisten las tensiones controladas, estudiadas y la misteriosa presencia de vida en una atmósfera bullente, como si la inquietud se hubiera petrificado. Agua y aire se confunden, la materia y su rastro se complementan a veces, rivalizan otras, celosas en una mirada, en su perpetuo gravitar. Son estas las piezas del alma, los amigos interiores, de la intimidad, recogidos. Y el espectador, medroso, trata de no turbar su quietud.

¿Es frío el azul? La materia es vibrante, cálida al tacto y, sin embargo, inaprensible. Ese azul es como hallarse por primera vez frente al aire tal cual es, ante el vacío inmóvil y sereno, en la paz y la quietud de una mañana neblinosa sin fin. En medio del aire-agua se yergue, a veces, una chimenea. ¿Es una fábrica perdida en un ocultísimo lar de la memoria? Se pierde en el espacio, entre fuertes barreras verticales. No hay horizonte, ni horizontalidad, ni hay espacio horizontal. Sólo un infinito «arriba» una total ausencia de referencias y coordenadas, pura irrealidad. Tras la «tarea de despojamiento» (como escribe Fernando Huici en el catálogo de la exposición) operada en Artiaga, han quedado, pues, una serie de elementos tan contados como rotundos; no buscan éstos enmarcarse en un espacio determinado, sino que, por el contrario, reivindican la desaparición de límites y vértices o, tal vez, paradigmas.