El artista descarga en sus rostros atormentados una honda melancolía metafísica. Encerrado en un círculo caótico, se expresa en un paroxismo exultante y explosivo en sus figuras anatómicas masculinas.

VEHEMENCIA EXPLOSIVA EN LA PINTURA DE ARTIAGA
Carmen Osorío

El joven pintor mindoniense, después de unos años de ausencia en Galicia, reaparece en la Sala de la Diputación, para mostrarnos una obra de fuerte personalidad artística.

Es indudable que existe un postulado de autodestrucción y desesperación, como vehículo de una necesidad espiritual, arrebatada y vehemente. El artista descarga en sus rostros atormentados una honda melancolía metafísica. Encerrado en un círculo caótico, se expresa en un paroxismo exultante y explosivo en sus figuras anatómicas masculinas. Revolcándose en su interior, con una actitud cósmica en grandes espacios; utiliza las manchas y las líneas que dinamizan las formas. Sobreponiendo siempre la imagen creativa a la representativa.

Sus creaciones femeninas se retuercen en espejos abismales proyectando unas sombras desgarbadas en su desnudez huesuda y antiestética; produciendo una tensión vertical emotiva contrapuesta a la horizontal que nos alumbra un desolado patetismo. Los paisajes son una continuación de un estado agónico. Todo lo conduce hacia un electrizante absoluto; en una relación de máxima intimidad, entre el paisaje y la figura humana.

La fuerza de sus personajes se erigen en una disyuntiva de solemne desesperación y un aislamiento poético que fondea la unidad espiritual, símbolo de expresionistas como Georges Rouault, en una única búsqueda de su reforzado interior.

Artiaga, arremete —furiosamente — contra los sentimientos del espectador, desatando imágenes de comunicación cargadas de su propio recogimiento; su desolación tendente a regresar hacía sí mismo como premonición de su lucha final hacia lo apocalíptico. Artiaga es espontáneo en su natural estado de zozobra creativa, siendo en el campo de la expresión artística una latente promesa.