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El color directo y puro se revela como uno de los recursos más sólidos de este joven pintor, permitiéndole, sin tener que renunciar prácticamente a la rotundidad de gama, explorar con igual fuerza universos dinámicos y estáticos.

LA VOLUNTAD NARRATIVA DE JOSÉ ARTIAGA
Pablo Jiménez

Uno de los rasgos que tal vez pueda ser más identificadores de la pintura de los ochenta sea la aceptación de la figuración como símbolo, el tender a una forma de falsa narrativa simbólica en la que las figuras y objetos representados adquieren una densidad y una esencialidad de comunicación al tiempo que permanecen en un cierto primitivismo de formas y pinceladas. En el caso de José Artiaga (Mondoñedo, 1955) esta suerte de primitivo simbolismo se presenta bajo una faceta más intimista, parece tratarse de secretas alusiones a acontecimientos de una biografía personal que sustentan, sin estorbar en ningún momento, una pintura directa y fresca de encendido cromatismo a la que obligan a una diversidad que la pueden acercar a una extraña y misteriosa esencialidad o a un gestualismo más jugoso y violento. Aunque curiosamente sea en los dibujos donde el resultado queda claramente más redondo, con una mayor integración de todos los elementos y un deslumbrante resultado de ambiente e intensidad contenida. Pero no por ello deja de haber cuadros importantes, como por ejemplo en el que aparece el oso y el madroño con una vista de Madrid y en extraño tránsito hacia Galicia (representada por una serie de cruces), y en el que la diferencia de tratamiento de texturas, muy hábilmente moduladas, la intensidad de un formato excesivamente alargado (como para subrayar una voluntad narrativa), la fuerza simbólica y de color lo dotan de una jugosidad, de una tensión y de una fuerza evocadora realmente sorprendentes. El color directo y puro se revela como uno de los recursos más sólidos de este joven pintor, permitiéndole, sin tener que renunciar prácticamente a la rotundidad de gama, explorar con igual fuerza universos dinámicos y estáticos. En conjunto es una obra que parece funcionar por una serie de tensiones internas nacidas de la oposición de figuras u objetos, de su repetición con variaciones, o de una misteriosa densidad narrativa que saben encontrar una perfecta respuesta plástica en el dominio de unos procedimientos llenos de frescura y sustentados por una inmediatez que consigue una sensación de perfecta honradez y sinceridad. Si tuviéramos que planteamos qué puede aportar José Artiaga en esta su primera exposición madrileña a nuestro siempre complejo y rico panorama de la pintura joven, seguramente lo más llamativo sería la búsqueda por caminos totalmente inusuales de un intimismo que por fin no es ni lírico ni grandilocuente.