Dos vías paralelas: un tono general que reclama el silencio, visible en los cuadros cuyo centro se abre limpio, y soluciones a los problemas habituales de la pintura, al cómo relacionar soporte y motivo. Introduciendo la duda de a qué se refieren realmente las “Presencias”.

LA CONDICIÓN DE LA PINTURA
Miguel Fernández-Cid

La descripción, dicen los románticos, nunca refiere la pintura: apunta ecos, sonidos laterales, y deja que sea la voz poética, por su capacidad de síntesis, la que la contenga. Poca descripción tienen los cuadros de Xosé Artiaga motivos en suspensión, sobre planos en apariencia fríos; dos bandas laterales que, acotando el espacio, señalan su escala; la insinuación de un plano, la definición de un tubo, de una torre, de una chimenea. El problema no puede ser, por tanto, investigar en las ausencias que el pintor deja sobre el lienzo. El que desde hace dos años los llame “Presencias”, dándoles tratamiento más de situación que de serie, el que no insista en independizar las imágenes, el que haya abandonado su numeración, les otorga un carácter distinto. Como si fueran esas películas de cuerpo que Balzac creía se escapaban en cada fotografía. Un medio que, rebajado, existe en la obra de Artiaga.

Tampoco es problema de adscripciones clásicas o románticas, ni siquiera de temperaturas. Ante ambas, la posición de nuestro pintor es análoga a la de un desplazado. Estoy convencido que ese desplazamiento es tan consciente como calculado, y que con él pretende situarse no sé si para ver más o mejor, sospecho que simplemente para mirar. Que de eso sí trata su pintura: de mirar y de la intensidad y el lugar desde el que se mira.

Atendiendo a su resolución en campos, o al medido equilibrio con que compone, se podría pensar que estamos ante un pintor al que tienta cierto neoclasicismo. Mas -y debe influir su condición, ejercida, de gallego- tras esa calma aparente, o mezclada o por encima, existe una pulsión, una intensidad sensual, activa. Como el que, pintando en azules y solucionando zonas con tintas planas, juegue con las vibraciones, sabiendo que su lectura siempre tendrá matices cálidos. Porque no creo que estemos ante un pintor frío al uso, que temperatura corre, si bien a otra distancia: pasión con disciplina, aunque sólo sea por insinuar una salida diferente.

Dos vías paralelas: un tono general que reclama el silencio, visible en los cuadros cuyo centro se abre limpio, y soluciones a los problemas habituales de la pintura, al cómo relacionar soporte y motivo. Introduciendo la duda de a qué se refieren realmente las “Presencias”. A las bandas que delimitan las imágenes, a la referencia espacial entre el motivo y ese plano que asoma desde el fondo, casi imperceptible, o, tal vez la clave emocional del proceso, a una chimenea a la vez nostálgica y combativa. Motivos barridos, pintura delgada, “Presencias” se adivina como evocación del misterio, del inicio. Un modo de señalar, de insinuar, de situar, desde eso que tantas veces se ha llamado la aparente sencillez de la pintura. Un ritmo pautado, un ejercicio final con apariencia de previo. Cuadros en los que se asiste a la tentación del silencio, cuadros resueltos en la superficie, próximos y a un tiempo huidos, con ese movimiento de aproximación y fuga al que recurre constantemente Artiaga, como si se tratara de su modo de aprehender.

Pensar en estas obras como ejercicios de ajedrez no carece de sentido, por más que sus soluciones ni resulten habituales al medio ni estén en consonancia con las reflexiones de otros artistas; las torres, en su apertura, dan la partida por perdida, o como mucho apuntan tablas al descansar sobre la mesa. El control es otro: no del que persigue la victoria, sino del que pretende abrir el juego, prolongar sus mecanismos. De ahí que insista en las disposiciones en paralelo, que se ocupe de momentos de tensión y pausa, de -fragmentos de silencio. O que juegue con la escala y establezca, al mostrar un conjunto de imágenes, cuidados paralelismos, variaciones apenas perceptibles.

Su pintura tiene, por ello, mucho de ese espíritu intenso y distanciado que caracteriza una forma de mirar absorbente, incluso obsesiva, a la que da tintes descuidados. Simulación tras simulación, los cuadros parecen fragmentos y las imágenes reafirman un aire detenido, quieto, previo. Sin descripciones ni temperaturas, lo que se mantiene es, junto al acto, la extrema delgadez de la pintura. Artiaga da vida a ese doctor al que Heinrich Bohl hace coleccionar silencios, uniendo en una cinta las pausas de entrevistas radiofónicas. En ese espacio, informe e inmaterial, adquiere su pintura ese aire condicional que la mantiene.