Artiaga alinea una serie de colores en conflicto, “las fuerzas se desatan, la lucha se desequilibra, la materia se desintegra”, aseveraba hace más de una década. Ahora demanda unos rencontres que amplían el zoom de nuestra mirada y, entonces, uno de pronto se detiene en el futuro, él lo sabe mejor que nadie.

DESVELANDO UN SECRETO A TRAVÉS DE LAS PINTURAS FOTOGRAFIADAS DE XOSÉ ARTIAGA.
David Barro

Es motivo recurrente de muchos artistas que tradicionalmente desenvolvieron sus postulados en el terreno de la pintura, desplazarse hacia el campo de lo fotográfico, sin motivo aparente, tentados por la moda de ser moderno. Xosé Artiaga (Mondoñedo, 1955) muda de soporte, pero no de bandera, no funciona como un oportunista, sino que se apoya en la fotografía con el propósito de conseguir resultados que la pintura no alcanza, nunca para traicionarla. En su trayectoria hay pequeños giros, cambios oportunos en cuanto a coherentes con un pensamiento, profundos en su significación y acertados en su necesidad; éste, es un viraje arriesgado, limpio de pudores innecesarios.

La confusión provocada por el sepultamiento de colores que dan vida a sus fotografías, no está tan lejos de los turbados fondos que abarrotaban sus agitadas expresiones de mediados de los ochenta, de esa tensión propia de lo barroco, ese dinamismo imperceptible, en suspensión como sus posteriores presencias, si bien ahora retoma aquella fidelidad al color, lo hace lucir más que nunca como reclamaba Heidegger. Y esto sería irrealizable de otra manera, por eso Artiaga esconde su secreto en cubos que no dejan que la luz actúe con su poderío aniquilador, recupera el misterio de quien no llega a divisar las verdades, sólo violadas por esa condición de voyeurs que nos invade. El conjunto se plantea medido a la vez que intenso, congelado y cimbreante, cálido en la vivacidad de los colores resultantes, gestual pero acomodado en su exceso. Artiaga alinea una serie de colores en conflicto, “las fuerzas se desatan, la lucha se desequilibra, la materia se desintegra”, aseveraba hace más de una década. Ahora demanda unos rencontres que amplían el zoom de nuestra mirada y, entonces, uno de pronto se detiene en el futuro, él lo sabe mejor que nadie.

Artiaga aplica con fluidez el color, un color que en su cruzamiento genera realidades de rotulador imposibles de alcanzar en un lienzo; otra vez el átomo se hace grande, muy grande, enormemente grande. Coquetea en el ambiguo terreno de la coincidencia, en la frontera que delimita distintas vertientes cromáticas, como cuando Morris Louis empapa de acrílica pureza sus lienzos más experimentales, aunque con las evidentes distancias temporales y procesuales. En estas obras existe un cierto sentido de evaporación de la pintura, para buscar un tipo de apacible tensión desprendida de extraños puntos de fuga, de centros de gravedad dominantes, de luces, de sombras, en definitiva de prólogos y epílogos, de comienzo y fin. Así, las formas, fluidas en su apariencia gravitatoria, proyectan ritmos en espacios que se autoproclaman infinitos, con esa trama curvilínea propia de lo más extenso y el blanco como ese campo nutriente de energía que sobrevive lejos de pasadas amputaciones o acotaciones en las superficies. Su pintura –en clave fotográfica- sufre un proceso de adelgazamiento que dota de cierta sensualidad entendida a modo de sencilla insinuación, quizás porque se adviertan impulsos por dibujar, quizás porque el hoy reivindique la elegancia y la calidad de acabado en la factura.

Y entonces uno se vuelve a detener en el futuro, y tiene saudade, y divisa la ansiedad del pasado… y del presente no se tiene nada.